Los imprevistos de un show en vivo por Erasmo Cubillos

Corrían como hormigas de un lado a otro, comencé a sospechar que sería una jornada ruda, seca, cuesta arriba. Me enteré que se habían quemado todos los bajos de las cajas acústicas en un concierto que dimos en febrero pasado y que no existía otro sistema de sonido. Venía una joven banda antes de nosotros y con ellos una gran decisión: si ellos aceptaban tocar bajo esas condiciones, no habría vuelta atrás y nosotros deberíamos salir al escenario también; con todo lo que esto significa. Por supuesto, me sometí de inmediato a colaborar con el staff de audio en lo que fuese posible. ¿Que podía hacer yo con el nulo conocimiento de sonido que tengo? Claramente nada, pero un aliento o ponerme a disposición del equipo, era mejor que cero. Traté de brindar calma al ingeniero de sala, compañero de años, solidario, siempre lleva consigo su pequeña lámpara led que me ha sacado tantas veces de apuros y de oscuros. Veía en su rostro el irreversible estrés, veía con rubor la responsabilidad colgar de sus pensamientos, luego, me reuní con el tour manager en backstage, no sabían que hacer, la banda ya esperaba en el camarín con una inquietud que no había visto antes, sin duda, salir a tocar era una decisión que no tenía retorno, había que subir y sonar “dentro de lo posible”. En ese minuto, retrocedí en el tiempo a través de un flashback digno de espanto y recordé el día que se “quemó” una consola a cinco minutos de partir. En aquel entonces di aviso de inmediato al stage manager, a lo que con sorprendente calma me dice; “no se yo, ve tu”. Quedé sentido, inerte, nada pude hacer, bueno, casi nada, ya que pedí que subieran los fresneles desde el dimmer. También recordé del día que pasaron a llevar el splitter a dos minutos de comenzar, luminarias sin control, festival de macros, en fin el concierto partió, nada pude hacer; sólo esperar que resolvieran mientras la banda tocaba la intro y los músicos me miraban como buscando una explicación.

Recordé también el día que por extrema lluvia la noche anterior al concierto, el técnico de la empresa proveedora no quiso enfocar el frontal debido a la humedad de los trusses (había salido el sol y habían más de 25 grados), discutimos fuerte, intercedimos con el contratante del espectáculo, no hubo caso, muy a mí pesar, dimos inicio a la función. Comenzó a oscurecer y la luz para el solista enfocaba solamente un monitor de piso, comenzaba a desaparecer junto con el sol la figura del cantante, no tenía luminarias de calle o led en el frontal para zafar con algo, tampoco habían máquinas de frente o piso. No obstante, ese día si pude hacer algo, los beam de contra quedaron fijos un 90% del concierto en los hombros, cabeza y pies del vocal, sentí que no había otra opción, ahora pienso que seguro hay más opciones, pero los nervios tampoco dejan pensar muy bien que digamos, por lo tanto, era mejor la propuesta oscura que la propuesta invisible.

Otro recuerdo fue del día en que nos pidieron de nuestra producción aceptar un rider sin objeción, no hay problema pensé, salvo por un pequeño detalle, no había ni la primera, ni la segunda, ni la tercera opción de consola del rider, sólo ofrecían una interfaz, está bien, yo se que se puede, con tiempo y dedicación siempre se puede, pero había detalles insoslayables, el laptop tenia el mouse pad roto y no tenían mouse, aún me pregunto porque saqué esa mañana el mouse de mi mochila, aún no me lo perdono creo, en resumen, una noche cercana al desastre. Y me acordé también de la vez que el generador de iluminación se vació en la mitad del evento, me acordé también de la lata de cerveza que cayó desde el público en plena consola, viviendo momentos de espanto, pero sobre todo, de lo que más me acordé fue que ya no recuerdo cuantas veces no pude comenzar el show de manera óptima, incluso mínimamente, pero el concierto partió igual, incluso soportando más de alguna broma desafortunada de parte de alguien del equipo, como si fuera agradable vivir en la precariedad. No siempre es así, lo se, lo tengo más que claro, muchas veces los eventos y producciones locales están benditos, se goza y se aprende mucho, pero por algún factor, a veces que no se puede y punto.

En ese instante me di cuenta que me había desconectado de mi rol y que ya estaba por comenzar el concierto, los bajos definitivamente no tenían arreglo a la mano. Tuve la insana tentación de decir alguna virulencia, de esas que nos tienen acostumbrados las redes sociales, para demostrar que los de las luces somos, junto con los visualistas, a veces, áreas donde más ocurren tragedias y verdaderas improvisaciones, sin embargo no pasa nada, la tocata se hace igual, claro, estoy hablando del medio local, no de Radiohead o Liam Gallagher. Entendí de inmediato que no debía ni quería victimizarme, no era el momento, tampoco es una actitud que aprecie, por lo demás, el concierto había comenzado y sonaba horrible, un sonido lamentable, tan lamentable como esos días del generador, del splitter, del tipo arrogante, de la consola que pasó a mejor vida. En fin, no había para que restar si no tenía nada que sumar.

Ahora bien, debo ser justo, son más las veces que todo sale bien, solo que me pidieron escribiera sobre algo y voy en el bus de la banda de regreso a casa y parece que voy algo cansado, hoy no salió como yo quería, tampoco no salió como la banda y el espectador merecen. Eso duele.

Esto me lleva a reflexionar… ¿Cuál es el orden de prioridad que se les da a las luces? ¿importan menos que otras áreas? No creo, yo lo separo así, creo que primero está el área de sonido por una secuencia lógica, luego el decorado, pero ojo, prioridad no es lo mismo que importancia. Es fácil de entender, pero para algunos, muy difícil de poner en práctica. Sin embargo, está sucediendo algo que considero muy importante, veo generaciones nuevas que están para oscurecer viejos paradigmas y encenderlos de nuevo, luego de un buen reset.

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